martes, 12 de junio de 2007

Editorial

Hace unas semanas, a plena luz del día y atestado de consumidores, ha prendido en llamas el Palacio Hirmas, edificación patrimonial del casco urbano penquista. Bajo la mirada atónita del transeúnte, el acontecimiento marcó el curso de una historia que se nos hace repetida: patrimonio arquitectónico devenido casa comercial que termina a su vez parcialmente incendiada. Si bien el fuego no alcanzó a consumar la tragedia final borrando definitivamente el edificio en cuestión, y hoy la tienda ha reabierto ya sus puertas al tiempo en que continúan los trabajos para reparar la fachada siniestrada, el asunto no pasa inadvertido. Al menos al nivel de la metáfora. Y nada de esto se relaciona con la nostálgica defensa del valor y la conservación de los hitos urbanos de la ciudad, lo interesante aquí es precisamente el momentáneo acontecer de la amenaza, la provisional interrupción del ensimismado desplazamiento cotidiano. En efecto, las llamas hicieron comparecer por un instante al menos la paradoja que subyace a la representación y las lógicas del simulacro que la sostienen, doble operación que consiste en satisfacer la economía fungible del gasto y en sostener imágenes de retribución simbólica para la comunidad. Al nivel de la metáfora entonces, el fuego se traduce como el “conflicto” que amenaza aquellas fachadas con fines compensatorios y la economía de los insumos culturales que tal práctica administra.

El punto es simple, contra el almidonado encubrimiento de las fachadas, procuramos hacerle lugar al conflicto, entiéndase bien: hablamos de darle espacio al diálogo y la discusión acerca de los procesos involucrados en el desarrollo de la práctica artística, en fin, ir más allá de aquellas reivindicaciones categoriales e identitarias de, por ejemplo, “lo local”…y la pura evidencia de que “hay escena”. En esta apuesta hemos levantado puentes con otros campos de producción, abrimos este espacio a la particularidad interpretativa de diversos agentes culturales. Y hemos encontrado respuesta. Índice de conexiones que no se queda en la sola crítica de la representación, en denunciar la impostura de las fachadas, sino que busca ante todo articular la densidad crítica necesaria para dinamizar la significación en torno a lo artístico. Contra la consensuada estabilidad del encierro, intentamos explorar nuevos territorios, a su vez sintonizamos con productores que tensionan y decodifican el mapa del territorio propio. En Concepción, hace un tiempo ya que la contemporaneidad exigida al arte se dibuja también sobre contemporaneidad exigida a la ciudad. Operaciones de actualización que antes de alcanzar el convencimiento público deben ser sometidas a discusión.

En este que es ya el tercer número de nuestra revista reafirmamos el valor articulado que supone el agenciamiento discursivo. No el discurso como rumor teórico exterior a los procesos productivos, sino como facultad y práctica que satisface la necesidad del diálogo desde la producción misma, como intervención de operaciones ficcionales, como (re)actualización de la memoria caída, como desconstrucción del canon histórico y su maquinación política, en fin, como operación que asume la conflictividad de su propio despliegue. Estas y otras experiencias pueden desprenderse de los textos que aquí se presentan. No queda entonces más que hacer la invitación a su lectura.